Son muchos los momentos de este angosto caminar en los que me he perdido, me he ahogado, me he abandonado a las dudas, me he colmado de vacío y he desterrado la idea de dar un paso más, de rasgar los resquicios que corrompen mis paredes y las alzan hasta mi aislamiento... Son esos momentos los que te zarandean y provocan taquicardias que sólo el silencio calma, y éste atrae al raciocinio que te salva del naufragio... Cada momento titubeante que te ha conquistado, lo has recuperado, has medido los escollos, has guardado las distancias, te has precipitado y aún así, siempre ha habido alguien a tu lado, tras de ti, frente a ti, o en un lugar mal definido entre pecho y espalda... Una persona que ha sabido esperarte, seguirte, hacerte dudar, ilusionarte, cansarte, darte confianza, desquiciarte, hacerte sonreír, reír y hasta llorar. Una persona que son muchas personas, que cambian el rostro con los cursos, con las clases, con los temas... Sin embargo, siempre ha habido quien me ha recordado lo admirable del ser humano, ese cada vez más escaso sentimiento de transmitir capacidad para mejorar el triste futuro global, o para al menos transformarlo en un futuro individual diferente, pleno, con sus carencias, sus imperfecciones, y su realidad, pero lleno de gozo, de aprecio a los gestos más nimios, de educación ante la vida, la muerte y la suerte... No hay día que no recuerde y rememore a esas personas, hay días que olvido algún rostro, algún nombre, pero la esencia que mi mente y ánima inhalaron de ellas, permanece arraigada a mis días presentes, y a los venideros, a lo que creo (de crear y de creer), a lo que sueño, a lo que me entrego y a lo que me adueño... Hoy especialmente, no querría dejar de mentar a todas esas personas, y si mi memoria me lo permite, soltaré para despedirme la retahíla de nombres que me acompañan siempre que camino, que tropiezo, que me alzo... Gracias a: Adela, Trudis, Chelo, Ana, Begoña, Natalia, Puri, Gloria, Beatriz, Carmen, Alicia, Marisa, Susana, Cristina, Adelina, Susana...
No imagináis cuántos giros me habéis hecho dar...
sábado, 27 de noviembre de 2010
viernes, 12 de noviembre de 2010
Sinfónica...
La noche atrapa lo que el día esconde, sus sonrisas y guiños, sus lágrimas y angustias... Pero cuando habitas más las noches que los días... la oscuridad se cose a tus pestañas, y el día oscurece en un vacío extraño... Un eco se clava a tu nuca y desfallece el alma en cualquier recodo. Como una daga en las entrañas, sientes que el aliento se adentra sin éxito de permanencia en ti, y el ansia se alza, con su coraza y su mirada altiva, feroz. En ese momento sabes que la derrota se aproxima, y confiesas, dentro de ti, a pleno grito, los perdones, los te quieros, los olvidos, los daños, todo lo que callaste con disfraz risueño... Te sumes en cualquier oscuridad que prometa guardarte el secreto. Aunque, sabes bien que ni la noche te quiere consigo, cierra los ojos al verte llegar, y por mucho que tantees en ella, sólo te responderá el aullido que la tierra brinda a las ánimas perdidas que vagan por los oceánicos pensamientos de lunáticos y funambulistas... Trasegando entre pedregosos caminos, el equilibrio te abandona, un halo desconocido te zarandea y prefieres dejarte llevar. Nada que perder, lo sé, conozco esa sensación. El ígneo averno parece más acogedor que el gélido orbe al que te ata la vida... Todo diverge y se estrella entre sí, lo ufano, lo apocado, lo fatuo, el recuerdo, las cenizas, los versos, la nada. La mente insaciable del suicida busca excusas en las que arropar sus vesanias, lanza falacias que la mantengan ocupada, pero no se cansa. Se rinde el cuerpo vano, se rinden los sueños, se caen los astros, y ella insiste en caminar en círculos, en regocijarse en su locura, en reconocerse perdida, exánime. Mi tumba es mi mente, y en ella me encerré en vida...
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