jueves, 16 de septiembre de 2010

Losing my bearing.

Con los segundos atados al cordón que siempre se desata solo, la seguridad apuraba el último trago y comenzaba a ahogarse en el octavo mar de las dudas... El zarandeo del velero escupió el raciocinio a mar abierto, y ya de él nunca más se supo... Los céfiros se alzaron a la contra del remero, y desesperado, se dejó llevar. Rodaron por sus venas los licores hasta que el perturbado amanecer le guiñó el ojo en proa. Alzó la vista y ni si quiera una estúpida gaviota se dignó a saludar, la soledad es un triunfante consuelo cuando te rodean sinsentidos. Desperezó las ganas de otear el horizonte y puso rumbo al norte más oscuro, con la promesa de anclar en algún fulgor sobreviviente al tiempo y reinado de balas perdidas del que partió...

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