sábado, 23 de abril de 2011

Alas de papel

La noche llegó sin previo aviso, y Manech quedó enclaustrado entre pensamientos claustrofóbicos. Deambuló por cada recoveco de aquellos pensamientos que asediaban su mente. Entonces comenzó a recordar sus pasos y sus traspiés. La oscuridad parecía tener vida, con un pálpito trémulo y un aliento exánime. Retumbaba cada respiración y cada corazonada en su cabeza, todo se aceleraba hasta el punto de zarandearle sin rumbo ni delicadeza. Los latidos cogieron ritmo diligente y el hálito tornó en jadeo inminente. Manech se ahogaba en la desazón de esa lobreguez y justo cuando apenas un atisbo de aire rozaba sus pulmones, se abrió en lo alto del camino una luz tenue que apaciguó y acalló el tronar de sus soliloquios. Se puso en pié, cogió aire y miró a la luz, primero de soslayo, hasta que se habituó a ella. Se preguntó, desconfiado, qué sería aquella luz. Creó hipótesis que derribar para matar el tiempo, trató de conquistar ese fulgor, se aferró a los rayos de claridad que emitía, y finalmente se dio cuenta de que no podía apoderarse de ella, que debía aprender a admirarla, a dar gracias por verse iluminado y elegido por los trazos del contorno difuminado que proyectaba desde la bóveda celeste inexacta en la que se hallaba enclavado ese destello, ese quizá foco, esa tal vez estrella…
Sin embargo, de cuando en cuando, no podía evitar soñarse a sí mismo como un Ícaro descarado, que con un libro por alas, se enfrentaba al reto de llegar a esa claridad, a sabiendas de que era una misión suicida, por fuerza que tuvieran sus alas, pues el candor de aquella luz podría calcinar cada página del libro de su vida.


[Feliz día del libro]

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