Sumergirse en una sensación de vertiginosa calma, del trémulo tambor que balancea mi latido. Perderme dentro de un fondo gris, pintado con sombras de carbón y destellos de tiza. Alzarse hasta empequeñecer lo más extenso de tu ser y dejarte caer de golpe, lanzarte hacia un punto inconcreto para sentir el desconcierto del que despierta por vez primera.
Satúrate de preguntas incoherentes hasta darte cuenta de que lo que no tiene coherencia eres tú, ser desprovisto de sentido, e incluso, de identidad. Despojado de sueños y desterrado de tu propia mente. Ahora que te ves, que te miras frente a un espejo desenfocado, ahora entiendes que te has desprendido del bolsillo descosido de quien te quiso para sí.
Pendes de un hilo mal cosido en un harapo áspero, abrupto y lleno de desprecio. Caerás en cualquier momento, cederás al desgaste de sus roces y serás rasgado y desenganchado, descolgado y desvinculado. Date cuenta de que no tienes rival en pérdidas de tiempo. Solo eres la soez elegancia, el estereotipo roto de un proyecto inconcluso.
Cada noche, Atenea y Arácne pierden los papeles en la mercería de tu calle y deciden descoserte hasta desgarrarte la voz, y quedas deambulando, vagando eternamente en busca de quien te sepa pespuntear, siendo tú la excepción en esto de los rotos y sus descosidos.
Desempeña el papel de tu vida viendo como ésta se pasea sin rumbo, sin ganas, sin fuerzas. Vacíate las entrañas a suspiros temblorosos que no son más que intentos de callar un llanto irracional, pero necesario. Déjalo fluir hasta convertirte en el mero aliento que arrastra la corriente de desbordante paz que te transporta al lugar que inexplicablemente anhelas, sin siquiera conocerlo. Ese lugar que perdiste en cada abrazo que debías, en cada beso que escondiste y en cada palabra que dejaste en aquel tintero ya desteñido de tanto esperarte, ya borrado de tanto llorarle...
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