El peso inmune de los daños que se atan a mí, que me enredan, me cubren, ahogándome hasta la inconsciencia, no aligera con los años... La falta de aire me acompaña cada día, de la mano de esa sensación claustrofóbica que no puede evitar el deseo de apuñalar mi mente y alma con finos filos.
El paso oscuro del insomnio prematuro resuena cada noche en mis paredes, atormentando los atisbos de un sueño relajado, y convirtiendo en hiel mis roces de sábanas en desuso extremo. Me encauzo en ríos imperturbables de pensamientos metafísicos que no llegan a mar alguno.
Día a día se van uniendo puntos que no sé situar, que en mi mente yacen inconcretos hasta enmadejarse caóticamente, sin fuerzas, pero impenetrables, inseparables... En mi ventana cuelga la impasible mirada de un cielo incesante, atrevido sin llegar a la sátira pero incesante en su mirar descarado. Su mirada inquisitiva me hace responder a preguntas que sólo yo me hago, sin saber si la respuesta es correcta, sin conocer causas ni consecuencias, pero anhelándolas desde lo inmemorable...
Creemos que tenemos el tiempo anclado, que ni un segundo se nos escapa si no lo dejamos cierta ventaja, no obstante, el error no podría ser mayor... Somos nosotros quienes estamos clavados, quienes somos presos de ese tiempo indestructible que sin embargo, a cada segundo nos mata, nos quita esa vida que llamamos nuestra a sabiendas que es de todos menos nuestra... Que pertenecemos sin remedio al tiempo, a las circunstancias que se nos plantean sin nosotros decidir cada mañana qué sucederá... Somos marionetas tristes de vidas náufragas en océanos de arena de reloj viejo y aire apelmazado... Somos aquel desecho que nadie quiso para sí como algo divino, somos monstruos creados en el laboratorio de una maquiavélica naturaleza, somos restos del pasado y bocetos a carbón de futuros inciertos...
No hay comentarios:
Publicar un comentario