Damas y caballeros, he aquí la segunda escena de mi circo... de lo absurdo.
Porque todos hemos vivido vivencias, situaciones situadas, sentido sentimientos, porque la redundancia me provoca escepticismo en lo letrado...
Mi circo comienza, como todo, con una idea, quizá igual de absurda. Yo no quiero ser, como bien dice Mario, un payaso cuyo circo se ha largado, es decir, no quiero sentarme ante la vida sin remediar nada, sin disfrutar o sufrir nada. Pero a veces, lo hago, me encauzo en mares de monotonía y me convierto en ese payaso que saca sonrisas con irreales y parodiadas situaciones, o quizá trapecista que se tambalea ante la idea de elevarse algún día más allá de un sueño de media noche, o, quién sabe, el domador de fantasmas del pasado que insisten en ocupar primera fila en el espectáculo del día...
Si, a veces me ridiculizo hasta rozar... o más bien hasta ahogarme en vergüenza ajena y propia. Y otras, me imagino protagonista de aquel famoso payaso triste, que a nadie logra hacer reír, que ya no tiene lugar en un mundo frío en el que estamos enjaulados, porque estamos atados a un presente eterno y sin remedio más que vivirlo como cura ante esta enfermedad que es la autentica, ruda e insoportable soledad de vagabundos...
Y al final de cada desastrosa función, de cada estrepitoso fracaso de la actuación, al llegar la noche arrastrando el telón consigo, me siento con la mirada centrada en la letanía de la paradoja y pienso "señoras y señores, se acabó lo que se daba, este payaso cuelga su nariz...", sin embargo, si el éxito del día embriaga mi almohada hasta rozar un éxtasis de calma, un deleite de pensamientos que sintetizan veinticuatro horas se acuna en mí y mi propio aliento me susurra "estallan bambalinas hasta pie de escenario tableado, y yo sigo ahí, donde dejé mi sonrisa, porque señoras y señores, mi letargo es solo un aleteo de esperanza...".
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